Cuidados colectivos
Es momento de hablar en colectivo, podemos cambiar de nombre porque sólo así podemos nombrar a las que no están, podemos ser muchas personas en una misma porque ellas nos representan, nos cuidan y nos sostienen cuando nosotras no podemos hacerlo.
En el verano gris de un país individualista, una mujer mestiza que deviene de una historia no contada o escondida, se atrave a nombrar ese colectivo, lazos comunitarios, que sostienen la vida a través de los cuidados.
Si fuiste tú Francisca, ahora reencarno en Francisca, la que alimentó a mi madre y a sus hermanas, que con su cuerpo crió y materno a once seres humanos que puso al servicio del capital.
Somos también el trabajo de Tomás que como soldador, soldó todas las máquinas que pudieron producir metales.
Somos las uñas de Martha, que trabajó en la pizca de fresas en California y que sin sus uñas no hubieramos tenido fruta fresca para el desayuno de la mañana.
Somos el cabello de Eloisa que lo trenzaba cada mañana y se iba a preparar la comida para alimentar a ciento veinte personas en un asilo.
Somos los pies de miles de mujeres y hombres migrantes que suben todos los días a la bestia con el fin de atrevesar México para llegar al otro lado, con el sueño de darles una vida digna a sus seres amados.
Somos las manos de una recepcionista de un consultorio médico que todos los días contesta llamadas de enfermos que necesitan una receta o ver al médico.
Somos las rodillas de Amelia que lleva subiendo todos los días seis pisos para poder limpiar la casa de Los Beltran y cuidarles sus dos hijas.
Somos los brazos de los trabajadores de la construcción que han construído los puentes de la Ciudad más congestionada del planeta.
Somos la boca de la mujer cantante que ha decidido endulzar los días de las mujeres que trabajan en la fábrica haciendo ropa.
Somos el caminar del jornalero en la época del Porfiriato, llegando todos los días a la hacienda a pasar lista a las 5:00 AM.
Somos los estudiantes que susurran sueños, que se organizan y protestan.
Somos el viaje de miles de personas migrantes que decidieron dejar atrás su vida para ir a buscar el buen vivir.
Somos los rezos de Victoria, Javiera y Martina después de no ver llegar a sus hijos en el Chile de la dictadura.
Somos la constancia del pescador y su ayudante en una mañana de lluvia, preparándose para salir a atrapar pescados para darles de comer a una comunidad remota en Tailandia.
Somos los limpiadores de baños en Japón, que por unas cuantas monedas todos los días van limpiando la vida.
Si somos esos todos esos cuerpos que nos han brindado cuidados a través de siglos de una historia no contada.
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